martes, 10 de abril de 2018

Granizo

Si la lluvia es tristeza y la nieve olvido entonces el granizo ha de ser desesperación.

Aquella tarde de abril el cielo cubría de desesperación la ciudad, el repiqueteo sobre el suelo de la plaza mayor era constante y rugoso, como el roce de una lija sobre una infinita superficie de madera. Los transeuntes abandonaban con cierta prisa el centro de esta para resguardarse de aquel golpeteo molesto, a excepción de un numeroso grupo que andaba, unos con paraguas otros sin él, aparentemente más preocupado de descubrir donde
estaban mientras que ojeaban un mapa de papel. Mapa que me pareció casi un anacronismo, una especie de guiño a un pasado menos tactil, quizás como parte de una experiencia shackletoniana en una antartida alegórica.

En los soportales una pareja caminaba aprovechando el resguardo con los paraguas en ristre, andaban y discutian con cierto brio sobre lo fútil de volver a sacar el artilugio cuando, porque una calle se cruzaba en su camino, el soportal desaparecia durante unos metros dejandoles a cielo abierto. Era una pareja moderna, él con su piercing en la nariz, su barba mullida y su pelo cortado a lo soldado yanqui de permiso en la WWII, cazadora verde y larga de loneta, pantalón vaquero ajustado hasta el tobillo y unas zapatillas tipo vans. Ella pelo liso, gafas de pasta grandes y carmin muy rojo, abrigo amplio y gris sin formas tipo jersey gigante, por abajo asomaban unos pantalones negros, tambien tobillo al aire y zapatillas de suela blanca y tela lisa negra. Eran en verdad muy modernos por todo, pero mi mente, a raiz de fijarse en sus paraguas, atemporales, obtusos ante el devenir de los tiempos modernos, los imaginó hace 20 años y 50 y 70 y hasta un siglo atrás. Eran una pareja paseando, combatiendo juntos este sinsentido que es la existencia con uno de los más ajados recursos de la humanidad, crear una historia.

sábado, 8 de julio de 2017

La parábola

Federico se quedó observando inmóvil, los surcos de la última piedra que había lanzado al río hacía rato que habían desaparecido. Este en aquel tramo era manso y la superficie un espejo de cristal brillante mecido suavemente por el viento.

-La piedra ya habrá tocado el fondo- pensó -y eso es todo- se dijo -la aventura no duró apenas unos instantes ¿para qué?- musitó.

No hacía ni quince minutos desde que él llegó, había estado paseando un poco por la rivera hasta que vio un lugar propicio para acercarse más al agua. Una roca de tamaño medio rodeada de juncos y en contacto parcial con el agua le pareció el lugar idóneo para sentarse.

Al poco de hacerlo tras haberse descalzado observo a su alrededor y encontró algunas piedras amontonadas.

Las recogió y pasándoselas de una en una de mano a mano las fue lanzando hasta que el pequeño montón se acabo. Ya solo le quedaba un poco de arena en la mano y el corazón imperceptiblemente agitado por el ligero y explosivo esfuerzo.

Ellas estaban allí y se vieron recogidas por su mano, no le llamaron, no le dijeron que no las cogiera, pasaron de una mano a otra sintiendo la calidez de su sangre tras la piel, no se preguntaron qué quería, de repente un gesto fugaz y eléctrico e instantáneamente se encontraban surcando el aire, cortándolo con su pulida superficie. Y tan solo un par de segundos después un impacto ¿doloroso? contra la superficie del agua; dejaban atrás burbujas de aire que ascendían como escapando de tener la misma suerte.

Las piedras, cada una de ellas, habían descendido en una lenta danza en espiral hacia el fondo, habían impactado de manera casi ingrávida en el fondo y justo en ese momento se daban cuenta de que este estaba formado, en su totalidad, por más piedras.

Federico ya se había calzado y caminada alejándose del río por el pequeño sendero que le había traído hasta él ajeno ya a la transcendencia de sus acciones en los instantes precedentes. Si alguien hubiera pasado por allí en ese momento habría escuchado como se decía a si mismo en voz alta y clara para autoafirmarse:

-Debes olvidarla, para ella quizás no haya ni siquiera sido necesario. Quizás ella nunca sepa lo que hizo.

Pero no pasó nadie por allí y es por eso que esta historia no tiene a nadie que la pueda contar.

miércoles, 5 de julio de 2017

El marinero enamorado

-Me enamoré de la mar- dijo el marinero.
-De la mar no puede ser- le dijo el cielo.
-A la mar yo quiero amar, eso deseo.
-El abrazo de la mar es traicionero.
-A la mar yo he de partir que aquí me muero
y si en la mar he de morir yo así lo quiero.
-Vete entonces ya bendito marinero,
que la mar que está sin ti te echa de menos.

jueves, 6 de octubre de 2016

Vuelvo aquí

Vuelvo hoy aquí necesitando gritar en un pozo:
A veces entra de manera trágica en la estancia donde estoy la soledad que tantos años llevo encontrando en tantos lugares diferentes. Hoy es una de esas veces y me ha encontrado triste, muy triste. He tenido que contarle que aún nadie me conoce, y peor aún, que estoy perdiendo facultades para ayudar a hacerlo, que algunas puertas no se abren y que algunas quedaron mal cerradas. Le he contado sobre todos mis caminos que no entiendo y cómo no paro de encontrarlos. La veo afligida y entonces me desmorono, bueno, en verdad ya soy ruinas pero termino con su pesar de perder la forma, de derrumbarme. Y entre las piedras se oye el ultimo estertor de tantos "que habría sido"

domingo, 12 de junio de 2016

Principio elástico

Los principios dependientes de, por ejemplo, a quien queramos demostrar algo con el uso de ellos, no son válidos. Han de ser estos independientes de la situación y de los afectados teniendo que venir para ello de una reflexión profunda y personal.
 
Veo constantemente como estandar de normalidad y de buena conducta profesional y social los que yo me he permitido acuñar con el nombre de "principios elásticos" y no están bien, no están bien para nada.
 
Su uso extendido viene de la falta de fomento del pensamiento crítico y de que tienen un efecto somnífero muy potente y apetecible ya que con su uso, haciendo casi cualquier cosa, quien los usa tiene asegurado el dormir tranquilo.

viernes, 15 de abril de 2016

Acaramelada

Acaramelada, recogida por la cintura de manera férrea por su novio que se apoyaba sobre el muro, oculta de las miradas del resto del parque ella le miraba a los ojos; qué dulzura, qué pocas primaveras, cuanto amor. Le miraba y con la más tierna de las voces, desplegando su melenta con un grácil gesto de cabeza le preguntaba:
-Entonces¿el saxofón es igual que la flauta pero cambian los bemoles y los sostenidos?
Se entrevió entonces en él un atisbo de duda pero rapidamente la testosterona fue al rescate.

- No... Para mi lo que es más facil es leer en...

Mis pasos me habian alejado ya demasido para poder escuchar nada más que un susurro ininteligible de aquella estampa. ¿leer en clave de do?¿leer en clave de sol?¿quizás leer en la cama?
Ya núnca lo sabría. Pero me iba pensando una cosa, que poco importa el contenido si el continente es amor. O dicho de otra manera: la cantidad de mamarrachadas que soltamos con tal de rellenar incomodos silencios que en verdad hablan por si solos.
Qué pocas primaveras. Qué pocas nos tocan, quiero decir, nos vamos casi sin aprender nada.

martes, 12 de abril de 2016

Tren

Largas horas de tren,
tiempos muertos de va y ven.

Revisores calcinados
por el tiempo allí encerrados.

Ataúdes con cristales
en todos sus laterales.

Las vías son camino
para el pobre peregrino
del que vomita su alma
cuando llega a su destino.