martes, 8 de marzo de 2011

¿Locura?

Se acercan pasos, solo en mi cabeza, y vuelvo al sur.

Ya no hay aire que respirar aquí, me quedan pequeñas todas las prendas que antes me encantaron.

Me marchito por dentro cada día y no sé explicar la razón, que pudieras ser tú, o tú, o tú…

O yo, y que si soy yo, si soy yo siempre estaré conmigo, mejor comenzar ya mismo a entender a este enfermo que me llena la cabeza de frases de otros, de pensamientos que se entrelazan hasta casi perder el hilo que los conduce. Pero nunca me caigo y solo hago que reafirmar mi útil locura, mi asmática cabeza incapaz de correr a una acción más directa.

Me mancha las manos la sangre
del crimen no cometido,
me matan las manos de un hombre
que querer ser no ha podido


¡Silencio por favor! Que se callen los goznes sin engrasar de esas puertas por las que no paran de entrar desconocidos que me hacen dudar de quien estaba aquí antes.

¿Por qué el hielo es tan persistente? Enormes neveros que se niegan a ser vencidos por este verano que llama y llama todos los días.

Y es así todo el rato, Doctor. No lo soporto, quiero que pare. ¿Cree usted que es grave?

-¿Perdón? ¡Ah! Disculpe, no le estaba escuchando. ¿Puede repetírmelo?

-No; no puedo, pero que importa; ya no importa. ¿Mañana vuelvo a la misma hora?

domingo, 20 de febrero de 2011

En la huella del adiós

Que mal se me dan las despedidas.

El nudo en el estómago, la saliba que no consigo tragar, los dientes apretados en un vano intento de contener esa lágrima que nunca brota, esa que se queda en la cuenca del ojo y que siempre crees poder disimular pasándote rápidamente el dorso de la mano.
Pero lo cierto es que no, la tristeza siempre se me leyó bien en el rostro y el disimularla no se me da, aunque tampoco quiera esconderla, no nos confundamos.

Te estoy diciendo adiós aunque mañana te veré, estoy desplegando este pañuelo blanco en el andén de una estación desierta en la que te despediré en otro momento, estoy, en fin, anticipando aquí, en soledad, todas esas cosas que no quiero que veas, todas esas tristezas que me traerán al corazón tan buenos recuerdos que pasé contigo.

Cómo bailamos, como me enseñaste que con pasión también se puede desgarrar el silencio, como me dejaste sentir tus curvas, como me agotaste y como disfruté de aquel cansancio. Como de alguna manera creamos juntos hermosos momentos que ya pasaron, que ya pasaron…

Ahora me voy, y aunque creo que tu tampoco te quedarás espero que te vaya muy bien allí, en el recuerdo de cada uno.

Esta despedida me parece tanto un preludio de una de la que temo su llegada que prefiero no alargarla más.

-¡Adiós!

-¡Adiós!

(porque al fin y al cabo el tango no es de nadie)

http://open.spotify.com/track/5PyxZ9b0JhNkdMuxpJaCQN

domingo, 6 de febrero de 2011

Escuchad la música, nada más.


Shakespeare en un momento dado de de su obra “El mercader de Venecia” hizo decir
a Lorenzo, uno de sus personajes:

“La razón es que todos vuestros sentidos están atentos. Fijaos un instante como se conduce un rebaño montaraz y retozón, una yeguada de potros jóvenes sin domar haciendo locas cabriolas, soplando y relinchando con gran estrépito, acciones a que les impulsa naturalmente el calor de su sangre; si ocurre que por casualidad esos potros oyen un sonido de trompetas, o si alguna tonada musical llega a herir sus oídos, los veréis, bajo el mágico poder de la música, quedarse inmóviles como por acuerdo unánime, y sus ojos tomar una tímida expresión. Por esta razón el poeta imaginaba que Orfeo atraía a los árboles, las piedras y las olas, pues no hay cosa tan estúpida, tan dura, tan llena de cólera que la música, en un instante, no le haga cambiar su naturaleza. El hombre que no tiene música en sí, ni se emociona con la armonía de los dulces sonidos, es apto para las traiciones, las estratagemas y las malignidades; los movimientos de su alma son sordos como la noche y sus sentimientos tenebrosos como el Érebo. No os fiéis jamás de un hombre así. Escuchad la música”

Y me pregunto yo ¿tanto tiempo ha pasado para que cambien las cosas?
¿Qué diferencia hay entre aquellos hombres y los de ahora?

No hay timidas expresiones en los ojos de algunos de los que me rodean, no hay inmovilidades producidas por la escucha, si hay estupideces que la música no puede cambiar, lo veo a mi alrededor, cada dia.

Veo cada dia hombres y mujeres a mi alrededor aptos, preparados para la traición, sin música en si, con estratagemas y malignidades retorciadas en sus mentes.
Gentes de translucidas apariencias y de oscuras intenciones.

Sin emociones, sin juicio propio, esperarando a escuchar el juicio de otro que consideren juicioso para repetirlo como suyo, sordos.

Diré exagerando un poco que son ellos los que viven en el Érebo, son ellos los que te ayudan a alcanzar el Hades, quien quiera entender habra entendido. Están ahí para ayudarte a caer, para recalcar cada uno de tus humanos errores.


La parte triste de todo esto (la más triste) es que soy músico, contrabajista, y veo esto tantos dias, tantas veces desde mi atalaya; alli escondido tras la orquesta, observando en mis largos silencios de espera, analizando el gesto y la actitud de hombres y mujeres, compartiendo sus respiraciones, sus miradas, sus nervios, sus preocupaciones que me ha dado por preguntarme, y lo vuelvo a repetir:

¿Tanto hemos cambiado?¿Se pueden transmitir sin sentir?

Asi hablaba Shakespeare de la música y sin querer (o queriendo, nunca se sabe esto en los grandes) tambien hablo de una obscura parte del alma de un perfil de interprete que me mata, me hunde, me desasosiega, me deshidrata, me da hipo y me produce urticaria.

No se si he sido claro.

Para terminar repetire, estoy repetitivo, lo siguiente:

“No os fiéis jamás de un hombre así. Escuchad la música”

lunes, 24 de enero de 2011

Cuento de autobús


Aquel llanto hizo mella en aquel hombre.

Se pregunto, se pregunto si el podría llorar alguna vez así, desconsolado, con toda su esperanza desvanecida, desbordado de temores, rodeado de oscuros miedos y movimientos de sombras desconocidas.

Era llanto puro, sin razonamiento, pura amargura, pura como la inocencia de un bebé, limpio llanto, llanto sin prejuicio, llanto sin censura.

-¿Dónde quedó mi último llanto así?- se preguntaba el hombre, pero no lo recordaba-¿Lloraré así aun una última vez en mi vida?-. Sintió envidia, al saber perdido aquel privilegio de un tiempo que no recordaba haber vivido.

Ser libre para llorar, para descargar aquel alma que intoxicada del "qué pensarán" ya no grita, ya, a veces, ni siquiera habla.

Un alma que no se atreve a ser, a existir, un hacerse pequeño y no molestar, no sentir, no amar, no contradecir, no romper con lo esperado, no luchar, no pensar, no decir, no bailar, no cantar, no saltar, no, no , no, nada... no ¿porqué?. No llorar, ni de rabia.

Dos densas lágrimas asomaron en el rostro del hombre. Lentas pesadas, anquilosadas, extrañas, extrañadas.

Agotado el bebé calla y duerme, el llanto le vacía, le equilibra, le amansa y le reconforta, su esperanza de que haya servido para algo aun se mantiene intacta, olvidará que lloró y llorará con furia mas días. Hasta que empiece a recordar.

El hombre sorbe sus lágrimas, saborea su rabia, su amargura y su impotencia aderezadas con sal.

El hombre sonríe, el hombre duerme.

Fin.

domingo, 26 de diciembre de 2010

El hombre que dejó de amar

Había llorado tanto aquel hombre, había sentido tanto cada perdida, cada derrota que ya no se atrevía a dar ningún paso, ya no hablaba, tenía miedo de decir algo que comprometiese su alma, su corazón, sus acciones, sus pensamientos, tenía miedo a volver a llorar hasta temblar, morderse los labios de rabia hasta sangrar y cerrar los puños hasta herirse las palmas.

Tenía sueños, claro que tenia sueños, no es por alardear de historia pero este hombre tenía sueños que otros soñaban con tener; y del dolor y la tragedia todos rotos, fusilados en paredones manchados de las luminosa sangre, ahora seca, de la ilusión.

Cuánto amó, como nadie, y aun podía, pero ya no le quedaban ganas en su corazón mal pagado por seguir latiendo. Era una sombra de su dulzura lo que a veces se dejaba ver en aquella media sonrisa que a veces se le escapaba, pues se había prohibido volver a reír a carcajadas como si nada importara, ahora todo importaba y el plomizo peso de la tristeza marcaba cien de cada cincuenta veces su gesto, su paso.

Veía la belleza a su alrededor, la entendía como nadie, la apreciaba toda, de la mas efímera y diminuta a la mas colosal y atemporal, diríase que la belleza en su potencia máxima, era solo vislumbrada por sus ojos y entendida solo por su alma. Pero ya no la tocaba, ya no la hacía suya, no acariciaría nunca más sus suaves curvas, su sinuoso volumen nunca más lo atrajo contra su pecho
-aléjate, no te acerques a mi- gritaba todas las noches en terribles pesadillas.

Se culpaba de su perdida, decía que la marchitaba, tantas veces la perdió que se había vuelto loco.

Y por eso este hombre ya no amaba.

viernes, 24 de diciembre de 2010

All in

Hoy he visto caras conocidas en rostros desconocidos. Hoy he visto el mundo que ahora que se acaba empiezo a amar. Lo he visto en otro al que cada día soy más indiferente.

Volver al principio de todo esto, regresar, con lo que se ahora, al comienzo, y hacer una travesía perfecta, sin equivocaciones, imposible.

Hay cosas en mi pasado que han marcado el cómo soy ahora, parece una frase hecha, pero como todas ellas cargada de una realidad que ahora si entiendo como mía. Sé exactamente qué cosas son, que experiencias, que giros; se lo que me hizo ser más débil ahora, pero no lo cambiaria. Hay segundas oportunidades para vencer miedos, al menos por ahora.

No puedo, tampoco debo y por supuesto no quiero tener una vida exenta de errores.
Quiero seguir jugando a intentar ser afortunado y aun cuando las cartas están marcadas y la casa siempre gana, seguir apostando igual de fuerte, sin doblegarme por el fracaso, sin dudar jamás del valor de la mano que me toco jugar.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Reflexión temporal.


Para hacer tiempo dijiste que hablo contigo,
para hacer tiempo esperando a los amigos.
Pues sepa usted señorita; hacer tiempo nunca he sabido.
¿Escribir entonces esto será dichoso tiempo perdido?

Son arenas muy finas para estas manos de hombre,
entre los dedos te me escapas sin poder retenerte.
Quisiera guardarlas en tarros que su finura no quiebre
no tengo más que dos manos, y entre los dedos te viertes.

Tiempo al tiempo dicen y al mal tiempo buena cara
Y si al cruzarnos nos las vemos ¿el tiempo entonces se para?
Dichoso tiempo que mide un reloj que tengo aquí dentro
Sin darle cuerda no para, dicen, hasta que uno no está muerto.

No hago tiempo contigo, ojala asi fuera, enterada,
es el tiempo un límite impuesto por mentes privilegiadas
pues si no fuera irrepetible
soñaríamos que no vale nada.